Cuando el viento mueve todo a su alrededor, es cuando mis pensamientos vuelan y se vuelven a aquellos que atormentan el corazón.
Cuando… cuando el corazón no late y se recoge y llora y se desmorona por un falso amor, es cuando la vida cambia en un segundo, en un soplo, en un suspiro, y no se acoge a la mentira por muy astuta e ingeniosa, se le da la vuelta y no se le escucha.
Cuando la llovizna no cesa su andar e implora un poco de sanidad, es cuando la brisa ruge y se lleva consigo el talento más fortuito, la sonrisa mejor acabada, el pañuelo lleno de lágrimas y el corazón roto en mil pedazos.
Cuando una lágrima cae por mi cara, es cuando por más que lo intente; insiste en acariciar mis mejillas, dejándolas pegajosas al tacto y escribiendo a través de ese pegoteo todas las verdades en llanto.
Ese llanto… ese llanto que no es vano, ese llanto que tranquiliza y medita, cuando es la tormenta impetuosa la que intenta combatir queriendo llevarse la gloria.
Una gloria que no es ni tan próxima, pues el latido de mi corazón aún susurra despacito, muy bajito y poco a poquito, que el goteo de mis ojos no es más que solo por capricho.
Un capricho que por momentos desespera y logra estimular las ansias de vivir, las ansias de existir y expresar, el amor, una pasión, un descontento o tal vez un dolor.
Transformándose en sucesos de rencor, los labios sellados gritan: “¡No pierdas el control! Eres más que luz en sombra, la brillantez, el color… no escuches al pecador”
Y haciendo oídos-escucha, pretendiendo ser cuerpo con sombra, en un camino que se traza paso a paso, el viento golpea a la puerta, el llanto cesa, un suspiro profundo me marea y caigo tumbada con las piernas estiradas sobre la colcha, y la cabeza sobre la almohada…
Andrea Torres











